Mi reflexión para el próximo domingo, 9 de abril. Me encomiendo a su oración. Dios nos conceda una santa celebarción de la Pascua de su Hijo.
DOMINGO DE RAMOS

“De la pasión del Señor”

CICLO A

Isaías 50, 4-7; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14-27, 66
“Bendito el que viene en nombre del Señor”


P. Sergio César Espinosa G., mg
Desde la algarabía de aquel primer día de la semana hasta el silencio, literalmente sepulcral, de las últimas horas del viernes y el sábado siguientes, cuántas cosas ocurrieron. 
Podemos tratar de contemplarlas desde diversas perspectivas: el narrador, los discípulos, las autoridades judías, la gente, uno u otro personaje destacado o el mismo Jesús. 
Jesús las viviría de un modo único, podemos estar seguros. 
¿Qué tanto se alegraría por los cánticos y alabanzas en su honor cuando entraba a Jerusalén?
¿Cómo percibió la actividad que se desarrollaba en torno al Templo? ¿De qué hablaría a su regreso a la casa en donde se hospedaba en Betania? 
¿Cómo vería a sus entusiastas discípulos de los primeros días de esa semana? ¿Qué pensaría de ellos al verlos tan débiles en su fe cuando las cosas empezaron a tornarse tan difíciles? ¿Habría desilusión, reclamo o más bien compasión cuando vio que uno lo entregaba, otro lo negaba y el resto lo abandonaba? 
¿Qué sentiría ante las autoridades religiosas que en vez de escucharlo y escudriñar las Escrituras para comprobar la veracidad de su doctrina, habían optado por la contienda, la descalificación, las artimañas y, en último término, la violencia asesina? 
¿Qué pensaría de la voluble muchedumbre que hoy lo aclama y un poco después pide su muerte? 
¿Se habrá detenido a juzgar a su venal e inicuo juez? 
¿Qué pensaría de los que lo escarnecían, lo flagelaban, lo despojaban de sus vestiduras y lo clavaban en la cruz? 
¿Cómo vería a los espectadores entre curiosos, furiosos, burlones y quizás algunos conmovidos y llorosos? 
¿Qué le diría no sólo con los labios, sino con su corazón al Padre silencioso que con él sufría? 
¿Estábamos nosotros ahí?
No podemos adentrarnos en la mente y en el corazón de Jesús lo suficiente para hacer hipótesis en uno u otro sentido. Pero tenemos algunos preciosos datos. Jesús era un hombre que amaba la vida y no deseaba morir. Los evangelistas nos hablan de su ‘agonía’, literalmente su ‘lucha’ por aceptar seguir adelante en ese camino de entrega fiel hasta las últimas consecuencias.
Pero por otra parte, no podemos decir que a Jesús la muerte le haya tomado por sorpresa. Entraba en su horizonte, conocía los cánticos del Siervo en el libro de Isaías, uno de los cuales lo escuchamos hoy, y además comprendía demasiado bien las reacciones de aquellos que han decidido instaurar su propio reino al margen del reino de Dios.
Varias veces, nos dicen los evangelistas, habló de esto a sus discípulos que estaban más deseosos de discutir de otras cosas que de pensar en el desenlace violento de una aventura de la que se sentían parte, pero en la que se soñaban triunfadores.
Fue en aquella cena de despedida, “la última cena” como solemos llamarla, cuando las cosas quedaron suficientemente claras, al menos para Jesús: su vida es como un pan que se toma, se agradece, se parte y se entrega. Un pan que cumple su función generadora de vida en la medida en que los beneficiarios de sus nutrientes lo trituran con sus dientes y lo ingieren. Pan entregado, vino escanciado. Cuerpo y sangre, vida que se entrega y se derrama ‘por ustedes y por muchos’.
Definitivamente Jesús no avanzó por ese camino con los ojos vendados.
En sus diálogos con Dios, su Padre, Jesús había encontrado un sentido que había orientado toda su existencia y que ahora le impulsa hacia el final, doloroso y no deseado en sí mismo, pero que era la única manera de culminar una vida vivida en fidelidad amorosa.
Hay cosas peores que la muerte.
Vivir sin sentido, vivir sin coherencia, abandonar su misión, traicionar sus ideales, en una palabra, ser infiel a los demás, sí, pero sobre todo ser infiel a sí mismo y a Dios. Eso es peor que la muerte.
Que nos quede claro, no fuimos salvados por el dolor, sino por el amor.
Hay muchas perspectivas, decía, para contemplar los acontecimientos de estos días. La de Jesús es única e irrepetible.
De otros modos verían y vivirían aquellos días sus discípulos y discípulas, es verdad que cada uno tendría sus propios pensamientos y sus propios sentimientos, pero nos es más fácil tratar de sentirnos parte de su grupo.
Muy de otra forma los vivieron las autoridades religiosas de Israel, que al menos en lo general, veían en Jesús un riesgo y quizás incluso una amenaza. El problema no eran sus críticas. Todos los que están en autoridad saben que deben soportar muchas críticas, algunas justificadas y otras no. El problema, pues, no eran las críticas sino el hecho de que Jesús se presentara como portavoz de Dios. 
¿Un profeta? ¿Con qué autoridad, quién lo envía? ¡Dios no puede estar diciendo esas cosas a través de ese galileo! 
¿Un aspirante de mesías? ¿Sin ejércitos, sin poder, sin ascendiente social? ¡Imposible! 
Era mejor acallarlo de una u otra forma, pero parecía tener respuestas para todo, la gente lo estimaba, lo admiraba, lo seguía… Y como en todos los tiempos, los que molestan a la autoridad, o se callan o se les calla.
Los romanos tendrían su propio punto de vista, como lo tendría la muchedumbre también y cada uno de los actores de este terrible drama. Les invito a releer los textos haciendo suya una u otra perspectiva.
La tradición primera nos legó una convicción de fe que da unidad y coherencia a la pasión de Jesús. Antes de los relatos que nos trasmiten los evangelistas, los cristianos vivieron el recuerdo de aquellos días y lo fueron pasando unos a otros de diversas maneras: anuncio, catequesis, fórmulas de fe, acciones litúrgicas y cánticos e himnos, entre otras formas.
Hoy hemos escuchado un himno, antiquísimo, hermoso, rico, inolvidable, que Pablo incluye en su Carta a los Filipenses y que la liturgia nos presenta con frecuencia a nuestra consideración. 
Ahí se habla del descenso, del abajamiento, de la kénosis de Jesús, quien se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz… por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre sobre todo nombre. 
En la médula del himno los primeros cristianos nos heredan su convicción más profunda: todo esto ocurrió porque Jesús se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, es decir, porque escuchó con la máxima atención la voz de su Padre y la puso en práctica.
El origen de Jesús es Dios, pero la meta no es ni la humillación, ni la muerte, sino la exaltación y la gloria junto al Padre, y el camino es la escucha atenta. 
A ese Jesús, fiel y obediente lo aclamamos en este día y siempre: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”
Semana Santa: Un tiempo de descanso para muchos. Ojalá también un tiempo de escucha para todos. 
Anímate a entrar en el silencio contemplativo y no escatimes unos momentos al menos, de escucha profunda y atenta para que vivas tu vida en fidelidad al Único que puede darte vida más allá de lo imaginable.

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Nací el 3 de octubre de 1985, originario del Ejido San Agustín en el Municipio de Torreón Coahuila México, Realicé mis estudios en la escuela primaria del Estado "Liberación Proletaria", ubicada en la misma localidad; los estudios de secundaria fueron realizados en la escuela "Profesor José Rodríguez González, que se ubica en el centro de la ciudad de Torreón; mi educación preparatoria fue un poco accidentada, inicié dicha etapa en el "Centro de Estudios Tecnológicos y de Servicios #59" ubicado a espaldas de "Soriana Constitución" (Empresa de Súper Mercado Lagunera) en la ciudad de Torreón; sin embargo, permanecí en esa institución sólo un año (2001-2002), el 23 de agosto del año 2002 decidí Ingresar a la Preparatoria "Instituto Ciencias Humanas" (Seminario Menor), que se encontraba en el Ejido San Agustín, (donde sigo viviendo [hoy ya no existe dicha preparatoria, pues se transformó en el "curso Introductorio"]); no obstante en dicha escuela permanecí sólo dos años (2002-2004), para terminar los estudios de preparatoria en la "Escuela de Estudios Comerciales Computacionales y Fiscales" (ESCOFIS) donde sólo estudié un año (ciclo 2004-2005); en agosto del año 2005 ingresé al Seminario Diocesano de Torreón a la etapa del Curso Introductorio "San José" en el Ejido San Agustín, al año siguiente emprendí los estudios filosóficos en el "Seminario Mayor Santa María Reina", los cuales concluí en el año 2009; en ese mismo año ingresé a la etapa teológica en el mismo Seminario Diocesano, en junio de 2012, finalicé el tercer año de Teología, en enero de 2013 ingresé a la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos) en la Ciudad de México concluyendo los estudios correspondientes a la teología en el Instituto de Formación Teológica Intercongregacional de México (IFTIM). Desde Noviembre de 2013 laboré en el Centro Pastoral Casa Saulo en la ciudad de Torreón, conocido popularmente como "Centro Saulo". Actualmente trabajo en la parroquia Inmaculado Corazón de María en la colonia Torreón Jardín.

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