Por: P. Sergio César Espinosa mg. 

Con la alegría de la Pascua les comparto mi reflexión para el próximo domingo, 23 de abril. Me encomiendo a su oración.
II DOMINGO DE PASCUA

CICLO A

Hechos 2, 42-47; 1 Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31
“Ocho días después”
P. Sergio César Espinosa G., mg
Ocho días después de la Pascua estamos reunidos los discípulos, pero ahora las puertas están abiertas. Ya no nos encierra ni el temor ni la duda.
Jesús, el vencedor de la muerte, se ha hecho presente entre nosotros. Él nos ha mostrado sus manos y su costado traspasado y ahí contemplamos la calidad del amor de Dios para con nosotros. Un amor que se entrega hasta la misma muerte por darle vida al amado. Un amor que es capaz de vencer a la muerte que parece devorarlo todo.
¡El Crucificado ha resucitado!
¡Cuánta paz irradia la certeza de su amor victorioso! 
¡Cuánta alegría inunda a la comunidad de los discípulos!
¡Qué extraordinaria misión nos encomienda!
Como el Padre lo envió, así nos envía ahora el Resucitado. No tenemos una misión distinta de la de Jesús, es la misma que el Padre le encomendó a Él. Para poderla llevar a cabo nos regala su Espíritu a fin de que nos capacite para semejante empresa.
Misión de constructores de la paz, misión de embajadores de la reconciliación, misión de generadores de gozo a través de la comunicación de la vida divina a la humanidad.
Tenemos siempre la tentación de volvernos a encerrar, sobre todo cuando las dudas nos asaltan, y con ellas la inseguridad sobre lo que se nos invita a poner en práctica.
¿No nos habremos equivocado?
¿No sería sólo un sueño, un espejismo, una ilusión?
¿Cómo le podremos hacer si somos tan poquitos, tan débiles, tan pecadores? 
‘Si no veo la señal de los clavos en sus manos, si no meto mis dedos en los agujeros de los clavos, si no meto mi mano en su costado…’ 
O lo que es lo mismo, ‘si no me dan certidumbre, que no cuenten conmigo… Si no ocurre todo eso exactamente como yo deseo que ocurra ¡No creeré!’
No es sólo Tomás, somos casi todos y lo somos casi siempre.
La paz de Jesús, el gozo de Jesús y sobre todo la misión de Jesús nos dan vértigo.
Mejor le seguimos aquí con las puertas cerradas. Después de todo hay mucho que hacer al interior de la familia, de la comunidad, del barrio, de la parroquia, de la diócesis… ¿para qué ir más allá? ¿Para qué abrir las puertas?
Un día uno de esos titubeantes Tomases de todos los tiempos me cuestionaba por mi vocación de misionero ad gentes, más o menos con estas palabras: ‘¿Para qué te vas si hay tanto que hacer aquí?’. 
Lo único que se me ocurrió responder fue ‘Claro que hay muchísimo por hacer, pero ¿para qué me quedo si tú estás aquí?’
Tú estás aquí para llevar adelante esa misión de Jesús… ¡abre tus puertas! ¡Déjate llenar de su Espíritu y aventúrate a ir a donde Él te lleve!
El Señor no se hizo presente nada más para consolar a sus discípulos de la pérdida que juzgaban irreparable. Se hizo presente para rehacerlos como comunidad de fe, llenarlos de su Espíritu y lanzarlos a compartir su misión.
Llamamos a este día “Domingo de la misericordia”, pero me he dado cuenta de que para mucha gente esto se reduce a tratar de experimentar la misericordia divina a favor suyo o de los suyos. 
Son pocos los que entienden que se trata de un día en que al mismo tiempo que se pide, se vive o se disfruta la misericordia de Dios en favor nuestro, se nos invita a salir a anunciar con palabras y obras la misericordia de Dios en favor de todo el resto de la humanidad.
Nosotros somos un regalo de la misericordia divina para con los que no han podido aún hacer su camino a la fe, para los que se han desilusionado, para los que han perdido la esperanza, en una palabra, para todos. “Como el Padre me envió, así los envío yo a ustedes”.
San Pedro al inicio de su primera carta, como lo acabamos de escuchar, alaba a Dios por su gran misericordia. Esa misericordia ha hecho posible que podamos renacer a la esperanza de una vida nueva, cuyos horizontes no se limitan a este mundo sino se extienden hasta la salvación eterna.
Invita a sus lectores a alegrarse aunque su fe sea puesta a prueba por diversas adversidades.
Pero me pregunto ¿de dónde salieron esos cristianos a quienes san Pedro dirige su carta? Ellos no estaban en la casa de puertas cerradas junto con los discípulos. Ellos no vieron a Jesús resucitado. Son fruto de la predicación de los que sí estuvieron ahí, de los que fueron testigos del Resucitado, de los que atravesaron el umbral de las puertas que les abrió el Espíritu de Jesús y se decidieron a salir, enviados por Jesús, como él había sido enviado por el Padre.
¿Y acaso no se puede decir exactamente lo mismo de cada uno de nosotros? Tampoco estuvimos ahí, somos fruto de la misericordia de Dios a través de nuestros antepasados en la fe.
A sus destinatarios originales y a nosotros también nos dice hoy el Señor a través de Pedro: “A Cristo Jesús no lo han visto y sin embargo lo aman. Al creer en él ahora, sin verlo, se llenan de alegría radiante e indescriptible, seguros de alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe”.
La misión de los discípulos se fue llevando a cabo a través del gozoso anuncio del Evangelio, gracias al impulso del Espíritu.
Ahora Pedro invita a los cristianos de su comunidad a hacer otro tanto. ‘Ustedes no han visto a Jesús, pero lo aman. Creen, esperan con certeza y eso los llena de alegría’. 
La vida en la alegría de la fe es el mejor camino para anunciar el evangelio ayer, hoy y siempre.
No es la enseñanza de una doctrina y menos la mera exigencia de unos preceptos lo que puede llevar a otros al encuentro con Jesús. Es sobre todo la alegría del creyente la que invita a los demás a acercarse a esa fuente inagotable de la misericordia divina. 
La vida de la primera comunidad cristiana que se mostraba constante en la escucha de la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones fue lo que facilitó al Señor aumentar cada día el número de los creyentes.
Alentados por esos grandes testigos de la misericordia de Dios, hoy, ocho días después de la Pascua de Jesús, sintámonos invitados también nosotros a gustar de ese don y a compartirlo con generosidad con los demás. 
Todo esto ha sido escrito, y nos ha sido anunciado hoy nuevamente, para que nosotros creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengamos vida en su nombre.

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Nací el 3 de octubre de 1985, originario del Ejido San Agustín en el Municipio de Torreón Coahuila México, Realicé mis estudios en la escuela primaria del Estado "Liberación Proletaria", ubicada en la misma localidad; los estudios de secundaria fueron realizados en la escuela "Profesor José Rodríguez González, que se ubica en el centro de la ciudad de Torreón; mi educación preparatoria fue un poco accidentada, inicié dicha etapa en el "Centro de Estudios Tecnológicos y de Servicios #59" ubicado a espaldas de "Soriana Constitución" (Empresa de Súper Mercado Lagunera) en la ciudad de Torreón; sin embargo, permanecí en esa institución sólo un año (2001-2002), el 23 de agosto del año 2002 decidí Ingresar a la Preparatoria "Instituto Ciencias Humanas" (Seminario Menor), que se encontraba en el Ejido San Agustín, (donde sigo viviendo [hoy ya no existe dicha preparatoria, pues se transformó en el "curso Introductorio"]); no obstante en dicha escuela permanecí sólo dos años (2002-2004), para terminar los estudios de preparatoria en la "Escuela de Estudios Comerciales Computacionales y Fiscales" (ESCOFIS) donde sólo estudié un año (ciclo 2004-2005); en agosto del año 2005 ingresé al Seminario Diocesano de Torreón a la etapa del Curso Introductorio "San José" en el Ejido San Agustín, al año siguiente emprendí los estudios filosóficos en el "Seminario Mayor Santa María Reina", los cuales concluí en el año 2009; en ese mismo año ingresé a la etapa teológica en el mismo Seminario Diocesano, en junio de 2012, finalicé el tercer año de Teología, en enero de 2013 ingresé a la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos) en la Ciudad de México concluyendo los estudios correspondientes a la teología en el Instituto de Formación Teológica Intercongregacional de México (IFTIM). Desde Noviembre de 2013 laboré en el Centro Pastoral Casa Saulo en la ciudad de Torreón, conocido popularmente como "Centro Saulo". Actualmente trabajo en la parroquia Inmaculado Corazón de María en la colonia Torreón Jardín.

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