LA LIBERTAD Y LA OBEDIENCIA
Por: R. P. Ramón Sevilla SJ. 
Dos libertades distintas: la de Dios y la nuestra. Todo lo que Dios piensa es verdadero. Por ser Dios nunca se equivoca ni engaña a nadie. Todo lo que Dios quiere, decide y hace, es bueno. Por ser Dios nunca hace nada mal: Dios vio todo lo que había hecho y lo encontró muy bueno. Nosotros los humanos no somos Dios, somos limitados y pecadores, pero Dios quiso hacemos semejantes a él y nos hizo libres como él. Dios no necesita ninguna ley que le obligue a hacer el bien y evitar el mal. Nosotros sí, en este mundo necesitamos esa ley. En el cielo seremos un solo Dios con él, entonces ya no habrá ninguna ley.

Dios nos dio una voluntad libre pero obligada a obedecer libremente la voluntad de Dios. Si no lo hacemos, obedeceremos al espíritu del mal, aun sin saberlo, pensando, queriendo y actuando mal, como enseña san Ignacio de Loyola y le pide a Dios: “Que su santísima voluntad siempre sintamos y en todo perfectamente la cumplamos”. Y nos enseña este gran santo en su obra maestra, Los Ejercicios Espirituales, el discernimiento para buscar, hallar y cumplir en todo la voluntad de Dios.

Tengamos presente que la palabra obligar tiene dos significados contradictorios, uno es cumplir una ley, un precepto divino o humano, obedeciéndolo libremente, porque la autoridad manda hacer algo que está bien y, haciéndolo, se obra bien, pero se tiene la posibilidad de no hacerlo y, en este caso, se obra mal; el otro sentido es cuando alguien somete a otro, por medio de amenazas y violencia verbal o física, a que haga lo que no quiere hacer, sea bueno o malo lo que se le impone y, en este caso, lo hace sin la debida libertad; tanto el que el que se somete como el injustamente constriñe a otro, obran mal. En la Iglesia y en el mundo hay muchas leyes, normas y reglas que debemos obedecer, evitando desde luego el peligro del legalismo, porque hay que obedecer a Dios antes que a los hombres cuando se nos manda hacer el mal.

El engaño del espíritu malo fue hacer creer al primer Hombre, Adán y Eva, que comiendo del fruto prohibido llegarían a ser grandes y adultos, en una palabra, que llegarían a ser como Dios sin ninguna ley. Podrían prescindir de Dios, adquirir sabiduría y poder sin límites. Cerraron sus oídos a lo que Dios les había mandado como hijos suyos, solo escucharon al diablo el gran rebelde. Nadie puede con él, nos gana a todos, si no estamos siempre con Dios,

Hay un libro famoso de José María Mardones, “Matar a nuestros dioses”. En este libro el autor quiere cambiar la manera como concebimos a Dios, las imágenes, dice, que tenemos de Dios son ídolos perversos, falsos dioses, que sustituyen al verdadero Dios. En un correo (e-mail) enviado a un amigo, le habla así: 

“Dios no es alguien terrible sino un Padre con entrañas de misericordia. Dios es amor y todo lo hace por amor. Quiere envolvernos en su amor, invitándonos a acoger y desarrollar esta potencia creadora. No hay cosa más nefasta que una mala imagen de Dios. Detrás de muchos conflictos humanos y psicológicos subyace un problema religioso”.

La intención de este autor, que pensemos correctamente de Dios, merece toda nuestra aprobación, pero resulta inadmisible que escoja solo un extremo de las expresiones válidas sobre Dios y rechace con vehemencia el otro extremo, válido también, del que no podemos prescindir para tener una fe equilibrada y coherente con lo que la enseñanza y la revelación expresan acerca de Dios. Es este un patrón que se repite en todos y cada uno de los apartados de su obra.

Me quiero detener ahora en el apartado 4, del libro de Mardones, donde se nos invita a pasar: “Del Dios de la imposición al Dios de la libertad”. Es el tema con el que inicié esta reflexión.

Según este autor, la imagen genuina de Dios es que él no manda ni prohíbe nada: es el Dios de la libertad, de la vida plena, de la confianza en el ser humano. No admite que pueda haber mandamientos o prohibiciones buenas de parte de Dios, serían contra la libertad. En el ser humano que es libre, no cabe obediencia alguna a Dios. Hace bien en desaprobar los excesos que se dan de autoritarismo, de servilismo, en concreto se refiere a una moral sexual represiva y perniciosa y que se ha venido superando a través de los siglos. Pero no se vale condenar por esto el sexto mandamiento de la ley de Dios, ni todos los demás.

Dice el autor: Existe mucha minoría de edad en los creyentes. Las autoridades de la Iglesia se valen de esta condición de los creyentes para imponerles toda clase de órdenes y prohibiciones en nombre de Dios. En defensa de su tesis cita varios pasajes de los Evangelios y de la Biblia en general, pero no presta atención alguna a otros que contradicen su posición. Jesús dice: la verdad los hará libres (Jn 8:32); pero es cierto también que cuando sus apóstoles pelearon porque todos buscaban el primer puesto, les dijo el Señor: Si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el reino de los cielos (Mt 18,3).

El reino de Jesús se compara con un rebaño en el que las ovejas están siempre bajo el cuidado del pastor y también se compara con los servidores a quienes su señor trata como adultos responsables y les encarga sus bienes para que los trabajen. Cuando Jesús fue a Jerusalén, no se dirigió a individuos, sino a la ciudad, es decir a las autoridades de todo el pueblo y le dijo que, en lugar de lobos feroces porque no le creían y lo odiaban, deberían ser… esto sí que nos deja estupefactos, ¡como pollitos! Estas son sus palabras: ¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! ((Mt 23,37).

No quisieron obedecer. Después de unos cuarenta años de conflictos, se cumplió lo que les dijo Jesús, vinieron los ejércitos, arrasaron la ciudad y el templo y dispersaron a los sobrevivientes por el mundo. De haberlo obedecido como pollitos, esta tragedia no les hubiera pasado. La palabra de Dios siempre tiene en cuenta extremos opuestos que se complementan, debemos ser niños y adultos, libres y obedientes.

El autor dice que solo un Dios perverso y falso da mandamientos y prohibiciones, el Dios verdadero nos quiere libres y basta que seamos responsables. Esto me recuerda lo que dijo el filósofo Manuel Kant: Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. (es el imperativo categórico de este filósofo, es decir: Tú sé responsable y mándate a ti mismo, y no permitas que nadie, ni Dios, te mande nada). Kant nunca practicó fe alguna, se le considera un ateo. Y sobre todo recuerdo lo que dijo la serpiente al primer hombre, Adán y Eva, varón y mujer unidos en alianza matrimonial: “Coman y serán como Dios, conocerán el bien y el mal” (cf. Gn 3:5). Comieron y se llenaron de vergüenza por el daño que les causó la desobediencia, se llenaron de soberbia y de lujuria y tuvieron que combatir las tendencias al mal toda la vida.

Tengamos además presentes algunos textos bíblicos que nuestro autor dice, citando a un obispo norteamericano, que son pecados de la Biblia, porque contradicen las imágenes que él tiene de Dios:

El que me ama cumplirá mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada (Jn 14,23).

Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que hago todo según el mandamiento que el Padre me dio. Levántense, vámonos de aquí (Jn 14,31). Así terminó Jesús la cena y salió a su pasión.

Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Fil 2,8).

Y, aun siendo Hijo, sufriendo, aprendió a obedecer. Y llevado a la consumación, se convirtió para todos los que lo obedecen en autor de la salvación eterna (Hb 5,8).Como Dios y hombre Jesús tiene dos voluntades, la divina, que es la misma del Padre y del Espíritu Santo, y la humana que es con la que aprendió a obedecer.

Cito este último texto: En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien don Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado a favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él (2Cor 5,21). Es decir, Dios a Jesús, el obediente, lo hizo desobediente, porque se solidarizó con nosotros pecadores, de manera que obedeciendo hasta la muerte de cruz, padeció como el representante de todos los desobedientes, y así llevó al extremo su obediencia al Padre. Este es, pues, el gran “oxímoron” –aparente contradicción– obedeciendo desobedeció y desobedeciendo obedeció.

Ramón Sevilla, SJ

Compartir
Artículo anteriorCORDEROS, SÍ – LOBOS, NO
Artículo siguienteTerminó la misión ¿qué sigue?
Nací el 3 de octubre de 1985, originario del Ejido San Agustín en el Municipio de Torreón Coahuila México, Realicé mis estudios en la escuela primaria del Estado "Liberación Proletaria", ubicada en la misma localidad; los estudios de secundaria fueron realizados en la escuela "Profesor José Rodríguez González, que se ubica en el centro de la ciudad de Torreón; mi educación preparatoria fue un poco accidentada, inicié dicha etapa en el "Centro de Estudios Tecnológicos y de Servicios #59" ubicado a espaldas de "Soriana Constitución" (Empresa de Súper Mercado Lagunera) en la ciudad de Torreón; sin embargo, permanecí en esa institución sólo un año (2001-2002), el 23 de agosto del año 2002 decidí Ingresar a la Preparatoria "Instituto Ciencias Humanas" (Seminario Menor), que se encontraba en el Ejido San Agustín, (donde sigo viviendo [hoy ya no existe dicha preparatoria, pues se transformó en el "curso Introductorio"]); no obstante en dicha escuela permanecí sólo dos años (2002-2004), para terminar los estudios de preparatoria en la "Escuela de Estudios Comerciales Computacionales y Fiscales" (ESCOFIS) donde sólo estudié un año (ciclo 2004-2005); en agosto del año 2005 ingresé al Seminario Diocesano de Torreón a la etapa del Curso Introductorio "San José" en el Ejido San Agustín, al año siguiente emprendí los estudios filosóficos en el "Seminario Mayor Santa María Reina", los cuales concluí en el año 2009; en ese mismo año ingresé a la etapa teológica en el mismo Seminario Diocesano, en junio de 2012, finalicé el tercer año de Teología, en enero de 2013 ingresé a la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos) en la Ciudad de México concluyendo los estudios correspondientes a la teología en el Instituto de Formación Teológica Intercongregacional de México (IFTIM). Desde Noviembre de 2013 laboré en el Centro Pastoral Casa Saulo en la ciudad de Torreón, conocido popularmente como "Centro Saulo". Actualmente trabajo en la parroquia Inmaculado Corazón de María en la colonia Torreón Jardín.

Deja un comentario